miércoles, 13 de marzo de 2019

Textos iniciales: literatura e identidad





Fuente: Bastías, Felipe. La identidad Literaria en la narrativa de Enrique Vila-Matas: la identidad del sujeto como una construcción literaria. Valparaíso: Upla. 2014.  Fragmento.
Una relectura del concepto de identidad
            En los últimos años el concepto de identidad ha sido utilizado de variadas formas y con diversas intensiones en el ámbito académico ligado con los estudios literarios. Ha servido para configurar o reconstruir identidades nacionales y locales en el ámbito de una sociedad globalizada y signada por la post-modernidad. Además, en el caso latinoamericano, se ha utilizado para reconfigurar las experiencias traumáticas y violentas de los procesos dictatoriales y post-dictatoriales, tanto a nivel personal como a nivel colectivo.  Asimismo, ha posibilitado la construcción de un discurso común de nuevos grupos sociales emergentes que buscan el reconocimiento y el derecho a una identidad propia y particular, como es el caso de los movimientos feministas, homosexuales, ecologistas, étnicos, entre otros. De igual modo, el concepto de identidad dentro de los estudios literarios ha sido fuertemente criticado, pues se considera que la “identidad” como gran narrativa o metanarrativa, en términos de Lyotard, ha caído o entrado en decadencia. En este plano, se ha planteado que la identidad del sujeto ha dejado de tener un rasgo unitario para constituirse en fragmentada, escindida o inestable.
            La discusión sobré qué es y qué elementos involucra la identidad tiene una larga tradición en occidente. Ya en los albores de la cultura este concepto iba a ser tratado de manera sistemática por Aristóteles en el libro IV de la Metafísica. Su planteamiento básico consistía en afirmar que el principio ontológico de la identidad residía en la “no contradicción del ser” (48), afirmaba que "es imposible que lo mismo convenga y simultáneamente no convenga a lo mismo bajo el mismo respecto” (51), "es imposible que algo sea y no sea simultáneamente" (48). Para este pensador la identidad tiene relación con una esencia que indica que todo ser es idéntico a sí mismo. Esta conceptualización de identidad excluye cualquier posibilidad de contradicción dentro de los seres, además, como es una propiedad extensiva a todos los objetos y seres del mundo, no depende de una capacidad de reflexión, puesto que tanto un árbol como un ser humano la poseen. (…)
            Por otra parte, un grupo de filósofos modernos alimenta la discusión sobre el concepto de identidad a partir de una crítica a los planteamientos aristotélicos. Para estos pensadores resulta inadmisible que no se considere la conciencia como elemento constitutivo de la identidad, puesto que ésta sólo se genera dentro de un ejercicio de auto-conciencia y auto-reconocimiento. Por esto, para estos  filósofos la memoria será el rasgo principal que posibilitará un reconocimiento del ser en el tiempo y, por ende, su identidad. Al respecto John Locke plantea que “tan lejos como esta conciencia pueda extenderse hacia atrás a cualquier acción o pensamiento pasado, hasta allí alcanza la identidad de esa persona” (Cit. en Larraín 22). De este modo, es la memoria la que da unidad o identidad al sujeto. En este mismo sentido, Leibniz reafirma esta idea “es la memoria o el conocimiento de este yo lo que lo hace capaz de recompensa y castigo” (Cit. en Larraín.22). (…)
            Otro concepto de identidad, es el desarrollado por Ernst Tugendhat  bajo el rótulo de “identidad cualitativa”. Ésta se entiende como una cualidad o un conjunto de cualidades con la que una persona o un grupo de personas se ven íntimamente conectados, es decir, con las cuales se identifican como individuo. Para este autor estas cualidades tienen un carácter altamente subjetivo y pueden cambiar en el tiempo, puesto que están vinculadas con lo que cada persona le gustaría ser  y, por esto, se encuentran fuertemente enlazadas con el futuro. En este sentido, la identidad cualitativa está estructurada por el individuo, depende de su voluntad. Éste decidirá desarrollar un conjunto de “disposiciones” para responder a la pregunta ¿Qué o cómo quiero ser? Al respecto Tugendhat puntualiza: “una disposición es según Aristóteles una capacidad para actuar  de cierto modo y que a su vez se puede adquirir sólo por actuar de este modo” (8).
            Es así como la identidad cualitativa no se restringe a un plano psicológico sino que requiere una serie de acciones y formas de actuar para materializarse. “Una cualidad con la que uno se identifica, es también una disposición a actuar, a portarse de cierta manera y tampoco se adquiere de un golpe, por un simple acto de la voluntad, sino por una cierta práctica de comportamiento” (8). Para explicar esta situación el autor coloca el ejemplo de alguien que es pianista, que parte de su identidad es ser pianista, con ello se está diciendo que tiene la habilidad para tocar el piano, puesto que la ha adquirido tocando el piano. Con esto se plantea que las disposiciones de la identidad cualitativa se adquieren a partir de una práctica concreta, de un modo de actuar particular.
            El concepto de “Identidad cualitativa” ha recibido una serie de críticas porque no incluye la influencia del medio social sobre los sujetos, ni menciona la incidencia de los otros, esto es, la dimensión intersubjetiva en la construcción de la identidad. Por esto, se ha considerado que es una aproximación incompleta al concepto de identidad puesto que considera sólo a los factores externos y subjetivos, dejando de lado todos los componentes sociales que inciden en la identidad. Sin embargo, aún hoy sigue resultando sugerente puesto que, no cabe duda, ciertas prácticas de comportamiento o modos de actuar recurrentes delinean la materialización de nuestra identidad.
                        Por otra parte, desde la sociología y la psicología se ha planteado que la identidad no es una esencia innata que cada individuo porta de por sí, sino que corresponde a un proceso de construcción social que involucra la incidencia del medio y de otros sujetos. Esta concepción de la identidad involucra que “los individuos se definen a sí mismos o se identifican con ciertas cualidades, en términos de ciertas categorías socialmente compartidas” (Larraín 25). Serán sus lealtades grupales (religión, etnia, profesión, nacionalidad, entre otras) las que contribuirían a determinar la identidad del sujeto. De esta manera, se plantea que todas las identidades personales están enraizadas en un contexto cultural que las moldea. (…)

Bibliografía   
Aristóteles. Metafísica. Mercaba. Noviembre de 2016.  http://www.mercaba.org/Filosofia/HT/metafisica.PDF
Larraín, Jorge. Identidad chilena. Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2001.
Tugendhat, Ernesto. “Identidad personal, nacional y universal”. En: Persona y Sociedad. Identidad, Modernidad y Postmodernidad en América Latina. Jorge Larraín, comp. Santiago de Chile: ILADES, vol. X, Nº 1, abril de 1996, pp. 29-40.

           







Fuente: Bastías, Felipe. La identidad Literaria en la narrativa de Enrique Vila-Matas: la identidad del sujeto como una construcción literaria. Valparaíso: Upla. 2014.  Fragmento.
Hacia una redefinición del concepto de literatura
            La primera concepción sobre literatura, digna de mención, es la de Aristóteles, fundador de lo que se podría llamar la tradición de los estudios literarios. Define la poesía (que no es lo mismo que nuestro actual concepto de literatura, ni menos de lo que comprendemos por poesía,  pero de todas formas asimilable) como la mímesis de acciones humanas: “imitan a hombres que actúan y éstos necesariamente serán esforzados o de baja calidad” (Aristóteles 131). Por lo tanto, para este filósofo, lo que define a la literatura es un tipo de hacer (que también implica un conocimiento) particular, la mímesis que tiene un objeto específico: las acciones humanas.
            Por otra parte, Aristóteles presenta una primera aproximación al concepto de ficción como rasgo caracterizador de lo literario. Con el objeto de diferenciar  la poesía y la historia este filosofo establece que “el historiador y el poeta no se diferencian por decir las cosas en verso o en prosa (…); la diferencia está en que uno dice lo que ha sucedido, y el otro lo que podría pasar” (Aristóteles 158). Con esto se le atribuye un carácter especulativo a la noción de poesía  (literatura), en tanto que “no corresponde al poeta decir lo que ha sucedido, sino lo que podría suceder, esto es, lo posible según la verosimilitud o la necesidad” (Aristóteles 157).
                        Continuando el desarrollo de este concepto, Paul Ricoeur en La metáfora viva (1975) realiza una propuesta muy interesante con respecto al concepto de literatura. Su punto de partida y su centro se origina en la noción de “mímesis” elaborada en la Poética  de Aristóteles. Este autor parte rechazando la interpretación tradicional del concepto de “mímesis” como mera copia o reproducción de la realidad. Plantea que históricamente se ha hecho un mal uso y una mala traducción de este concepto. Según Ricoeur lo que caracteriza a la “mímesis” Aristotélica no es una relación de semejanza-copia de la realidad, sino una relación de re-presentación comprendida como creación artística de una nueva realidad. La “mímesis” sería la construcción de una trama o Mythos en donde el escritor ordena y recrea la realidad. En este sentido, los conceptos de “mímesis” y “poiésis” estarían fuertemente vinculados, puesto que ambos aludirían, no a un proceso pasivo de copia, sino a un proceso dinámico que involucra una praxis, en tanto comprende un acto de creación y ordenación de las acciones que conforman una trama. Para Ricoeur “Si la mímesis implica una referencia inicial a lo real esta referencia no designa otra cosa que el dominio de la naturaleza sobre cualquier producción. Pero este movimiento de referencia es inseparable de la dimensión creadora. La mímesis es poiésis, y recíprocamente" (63). De este modo, imitar no es duplicar la realidad, sino rehacerla, recomponerla, re-crearla.
            En este punto no hay que caer en simplificaciones, puesto que resultaría fácil plantear que Ricoeur cuestiona la noción de obra literaria como reproducción o copia de lo real para establecer la noción de la literatura como un mundo autónomo, creado que opera con lógicas propias. Sin embargo, esto está muy alejado de lo que plantea este pensador. De la distinción presentada sobre el concepto de “mímesis” emerge una concepción de la literatura compleja, y podríamos decir dialéctica, en donde la dimensión referencial y la dimensión inventiva- ficticia cohabitan en el espacio literaria. Lo interesante acá, es que Ricoeur pone énfasis en la capacidad del lenguaje literario para ir más allá de sí mismo y, puntualmente, en su dimensión ontológica- referencial. Para este autor la literatura referiría la realidad de un modo especial “no solo es una reestructuración de las acciones humanas en una forma más coherente, sino una estructura que realza; por eso, la mímesis es una reestructuración de lo humano, no solo en lo esencial, sino en un orden más elevado” (Ricoeur 64). Con esto, por una parte, se señala que la literatura es un lenguaje altamente referencial y pragmático, cuestión que contraviene la característica clásica que se le ha dado a este concepto como un tipo de discurso no pragmático: “podríamos decir que la literatura es un discurso “no pragmático”. Al contrario de los manuales de biología carece de un fin práctico inmediato” (Eagleton 18). Y, por otra parte, se señala que la literatura tiene como característica poder reesctructurar al hombre y a la sociedad,  es más, tiene la facultad de llevarlo a un orden más elevado. (…)
           
            En esta misma línea argumental, Juan José Saer en el artículo El concepto de ficción (1997)  plantea que la ficción, como característica distintiva de la literatura, “no es la exposición novelada de tal o cual ideología, sino un tratamiento específico del mundo” (12). Esta forma de aprehender y actuar en el mundo, característica de la ficción, sería producto de que en ella se mezclan “lo empírico y lo imaginario”. Al igual que la lectura del concepto de mímesis de Ricoeur en que se mezclan la dimensión referencia con la inventiva, en el concepto de ficción de Saer este particular cruce genera una forma única de organizar y entender la realidad.
            Este autor desmiente que la verdad sea lo contrario a la ficción. Señala que los escritores de literatura no escriben sus libros con la intención de tergiversar la verdad. Su verdadera intención es dar cuenta del carácter contradictorio del mundo y de la verdad objetiva. Al respecto Saer plantea que
la ficción, desde sus orígenes, ha sabido emanciparse de esas cadenas (de lo verificable). Pero que nadie se confunda: no se escriben ficciones para eludir, por inmadurez o irresponsabilidad, los rigores que exige el tratamiento de la “verdad”, sino justamente para poner en evidencia el carácter complejo de la situación, carácter complejo del que el tratamiento limitado a lo verificable implica una reducción abusiva y limitadora (11).
            Para Saer los textos de “no ficción” (ya sean estos biográficos, históricos o periodísticos) al consagrarse a lo verificable se erigen como textos que dan una falsa imagen de autenticidad, puesto que están supeditados a la calidad de las fuentes, a los criterios interpretativos y a las turbulencias de sentido propia de toda construcción verbal. En cambio, el concepto la ficción, y por extensión de literatura, al renunciar al criterio de lo verificable se establece como el método más apropiado y sincero para tratar de describir una realidad compleja como la de nuestro mundo. Es por esta razón que el autor termina definiendo a la ficción como una “antropología especulativa” en la cual cohabitan el deseo de dar cuenta de una objetividad compartida y una particular subjetividad que intenta aprehender el mundo. En definitiva, a través de la ficción la literatura se establece como el mecanismo por excelencia para dar cuenta de la vida del ser humano.
Bibliografía
Aristóteles. Poética de Aristóteles. Madrid: Gredos, 1974.
Eagleton, Terry. Una introducción a la teoría literaria. México: Fondo de Cultura Económica, 2012.
Ricoer, Paul. La metáfora viva. Madrid: Cristiandad, 1980.
Saer, Juan José. El concepto de ficción. Buenos Aires, Seix Barral, 2014.

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