Fuente:
Bastías, Felipe. La identidad Literaria
en la narrativa de Enrique Vila-Matas: la identidad del sujeto como una
construcción literaria. Valparaíso: Upla. 2014. Fragmento.
Una relectura del
concepto de identidad
En
los últimos años el concepto de identidad ha sido utilizado de variadas formas
y con diversas intensiones en el ámbito académico ligado con los estudios
literarios. Ha servido para configurar o reconstruir identidades nacionales y
locales en el ámbito de una sociedad globalizada y signada por la
post-modernidad. Además, en el caso latinoamericano, se ha utilizado para
reconfigurar las experiencias traumáticas y violentas de los procesos
dictatoriales y post-dictatoriales, tanto a nivel personal como a nivel
colectivo. Asimismo, ha posibilitado la
construcción de un discurso común de nuevos grupos sociales emergentes que
buscan el reconocimiento y el derecho a una identidad propia y particular, como
es el caso de los movimientos feministas, homosexuales, ecologistas, étnicos,
entre otros. De igual modo, el concepto de identidad dentro de los estudios
literarios ha sido fuertemente criticado, pues se considera que la “identidad”
como gran narrativa o metanarrativa, en términos de Lyotard, ha caído o entrado
en decadencia. En este plano, se ha planteado que la identidad del sujeto ha
dejado de tener un rasgo unitario para constituirse en fragmentada, escindida o
inestable.
La discusión sobré qué es y qué elementos involucra la identidad tiene una
larga tradición en occidente. Ya en los albores de la cultura este concepto iba
a ser tratado de manera sistemática por Aristóteles en el libro IV de la Metafísica. Su planteamiento básico
consistía en afirmar que el principio ontológico de la identidad residía en la
“no contradicción del ser” (48), afirmaba que "es imposible que lo mismo
convenga y simultáneamente no convenga a lo mismo bajo el mismo respecto” (51),
"es imposible que algo sea y no sea simultáneamente" (48). Para este
pensador la identidad tiene relación con una esencia que indica que todo ser es
idéntico a sí mismo. Esta conceptualización de identidad excluye cualquier
posibilidad de contradicción dentro de los seres, además, como es una propiedad
extensiva a todos los objetos y seres del mundo, no depende de una capacidad de
reflexión, puesto que tanto un árbol como un ser humano la poseen. (…)
Por
otra parte, un grupo de filósofos modernos alimenta la discusión sobre el
concepto de identidad a partir de una crítica a los planteamientos
aristotélicos. Para estos pensadores resulta inadmisible que no se considere la
conciencia como elemento constitutivo de la identidad, puesto que ésta sólo se
genera dentro de un ejercicio de auto-conciencia y auto-reconocimiento. Por
esto, para estos filósofos la memoria
será el rasgo principal que posibilitará un reconocimiento del ser en el tiempo
y, por ende, su identidad. Al respecto John Locke plantea que “tan lejos como
esta conciencia pueda extenderse hacia atrás a cualquier acción o pensamiento
pasado, hasta allí alcanza la identidad de esa persona” (Cit. en Larraín 22).
De este modo, es la memoria la que da unidad o identidad al sujeto. En este
mismo sentido, Leibniz reafirma esta idea “es la memoria o el conocimiento de
este yo lo que lo hace capaz de recompensa y castigo” (Cit. en Larraín.22). (…)
Otro
concepto de identidad, es el desarrollado por Ernst Tugendhat bajo el rótulo de “identidad cualitativa”.
Ésta se entiende como una cualidad o un conjunto de cualidades con la que una
persona o un grupo de personas se ven íntimamente conectados, es decir, con las
cuales se identifican como individuo. Para este autor estas cualidades tienen
un carácter altamente subjetivo y pueden cambiar en el tiempo, puesto que están
vinculadas con lo que cada persona le gustaría ser y, por esto, se encuentran fuertemente
enlazadas con el futuro. En este sentido, la identidad cualitativa está
estructurada por el individuo, depende de su voluntad. Éste decidirá
desarrollar un conjunto de “disposiciones” para responder a la pregunta ¿Qué o
cómo quiero ser? Al respecto Tugendhat puntualiza: “una disposición es según
Aristóteles una capacidad para actuar de
cierto modo y que a su vez se puede adquirir sólo por actuar de este modo” (8).
Es
así como la identidad cualitativa no se restringe a un plano psicológico sino
que requiere una serie de acciones y formas de actuar para materializarse. “Una
cualidad con la que uno se identifica, es también una disposición a actuar, a
portarse de cierta manera y tampoco se adquiere de un golpe, por un simple acto
de la voluntad, sino por una cierta práctica de comportamiento” (8). Para
explicar esta situación el autor coloca el ejemplo de alguien que es pianista,
que parte de su identidad es ser pianista, con ello se está diciendo que tiene
la habilidad para tocar el piano, puesto que la ha adquirido tocando el piano.
Con esto se plantea que las disposiciones de la identidad cualitativa se
adquieren a partir de una práctica concreta, de un modo de actuar particular.
El
concepto de “Identidad cualitativa” ha recibido una serie de críticas porque no
incluye la influencia del medio social sobre los sujetos, ni menciona la
incidencia de los otros, esto es, la dimensión intersubjetiva en la
construcción de la identidad. Por esto, se ha considerado que es una
aproximación incompleta al concepto de identidad puesto que considera sólo a
los factores externos y subjetivos, dejando de lado todos los componentes
sociales que inciden en la identidad. Sin embargo, aún hoy sigue resultando
sugerente puesto que, no cabe duda, ciertas prácticas de comportamiento o modos
de actuar recurrentes delinean la materialización de nuestra identidad.
Por
otra parte, desde la sociología y la psicología se ha planteado que la
identidad no es una esencia innata que cada individuo porta de por sí, sino que
corresponde a un proceso de construcción social que involucra la incidencia del
medio y de otros sujetos. Esta concepción de la identidad involucra que “los
individuos se definen a sí mismos o se identifican con ciertas cualidades, en
términos de ciertas categorías socialmente compartidas” (Larraín 25). Serán sus
lealtades grupales (religión, etnia, profesión, nacionalidad, entre otras) las que
contribuirían a determinar la identidad del sujeto. De esta manera, se plantea
que todas las identidades personales están enraizadas en un contexto cultural
que las moldea. (…)
Bibliografía
Aristóteles.
Metafísica. Mercaba. Noviembre de
2016. http://www.mercaba.org/Filosofia/HT/metafisica.PDF
Larraín,
Jorge. Identidad chilena. Santiago de
Chile: LOM Ediciones, 2001.
Tugendhat,
Ernesto. “Identidad personal, nacional y universal”. En: Persona y Sociedad.
Identidad, Modernidad y Postmodernidad en América Latina. Jorge Larraín, comp.
Santiago de Chile: ILADES, vol. X, Nº 1, abril de 1996, pp. 29-40.
Fuente:
Bastías, Felipe. La identidad Literaria
en la narrativa de Enrique Vila-Matas: la identidad del sujeto como una
construcción literaria. Valparaíso: Upla. 2014. Fragmento.
Hacia una redefinición
del concepto de literatura
La primera
concepción sobre literatura, digna de mención, es la de Aristóteles, fundador
de lo que se podría llamar la tradición de los estudios literarios. Define la
poesía (que no es lo mismo que nuestro actual concepto de literatura, ni menos
de lo que comprendemos por poesía, pero de todas formas asimilable) como
la mímesis de acciones humanas: “imitan a hombres que actúan y éstos
necesariamente serán esforzados o de baja calidad” (Aristóteles 131). Por lo
tanto, para este filósofo, lo que define a la literatura es un tipo de hacer
(que también implica un conocimiento) particular, la mímesis que tiene un
objeto específico: las acciones humanas.
Por
otra parte, Aristóteles presenta una primera aproximación al concepto de
ficción como rasgo caracterizador de lo literario. Con el objeto de
diferenciar la poesía y la historia este
filosofo establece que “el historiador y el poeta no se diferencian por decir
las cosas en verso o en prosa (…); la diferencia está en que uno dice lo que ha
sucedido, y el otro lo que podría pasar” (Aristóteles 158). Con esto se le
atribuye un carácter especulativo a la noción de poesía (literatura), en tanto que “no corresponde al
poeta decir lo que ha sucedido, sino lo que podría suceder, esto es, lo posible
según la verosimilitud o la necesidad” (Aristóteles 157).
Continuando
el desarrollo de este concepto, Paul Ricoeur en La metáfora viva (1975) realiza una propuesta muy interesante con
respecto al concepto de literatura. Su punto de partida y su centro se origina
en la noción de “mímesis” elaborada en la Poética
de Aristóteles. Este autor parte
rechazando la interpretación tradicional del concepto de “mímesis” como mera
copia o reproducción de la realidad. Plantea que históricamente se ha hecho un
mal uso y una mala traducción de este concepto. Según Ricoeur lo que
caracteriza a la “mímesis” Aristotélica no es una relación de semejanza-copia
de la realidad, sino una relación de re-presentación comprendida como creación
artística de una nueva realidad. La “mímesis” sería la construcción de una
trama o Mythos en donde el escritor
ordena y recrea la realidad. En este sentido, los conceptos de “mímesis” y
“poiésis” estarían fuertemente vinculados, puesto que ambos aludirían, no a un
proceso pasivo de copia, sino a un proceso dinámico que involucra una praxis,
en tanto comprende un acto de creación y ordenación de las acciones que
conforman una trama. Para Ricoeur “Si la mímesis
implica una referencia inicial a lo real esta referencia no designa otra cosa
que el dominio de la naturaleza sobre cualquier producción. Pero este
movimiento de referencia es inseparable de la dimensión creadora. La mímesis es poiésis, y recíprocamente" (63). De este modo, imitar no es
duplicar la realidad, sino rehacerla, recomponerla, re-crearla.
En
este punto no hay que caer en simplificaciones, puesto que resultaría fácil
plantear que Ricoeur cuestiona la noción de obra literaria como reproducción o
copia de lo real para establecer la noción de la literatura como un mundo
autónomo, creado que opera con lógicas propias. Sin embargo, esto está muy
alejado de lo que plantea este pensador. De la distinción presentada sobre el
concepto de “mímesis” emerge una concepción de la literatura compleja, y
podríamos decir dialéctica, en donde la dimensión referencial y la dimensión
inventiva- ficticia cohabitan en el espacio literaria. Lo interesante acá, es
que Ricoeur pone énfasis en la capacidad del lenguaje literario para ir más
allá de sí mismo y, puntualmente, en su dimensión ontológica- referencial. Para
este autor la literatura referiría la realidad de un modo especial “no solo es
una reestructuración de las acciones humanas en una forma más coherente, sino
una estructura que realza; por eso, la mímesis
es una reestructuración de lo humano, no solo en lo esencial, sino en un
orden más elevado” (Ricoeur 64). Con
esto, por una parte, se señala que la literatura es un lenguaje altamente
referencial y pragmático, cuestión que contraviene la característica clásica
que se le ha dado a este concepto como un tipo de discurso no pragmático:
“podríamos decir que la literatura es un discurso “no pragmático”. Al contrario
de los manuales de biología carece de un fin práctico inmediato” (Eagleton 18).
Y, por otra parte, se señala que la literatura tiene como característica poder
reesctructurar al hombre y a la sociedad,
es más, tiene la facultad de llevarlo a un orden más elevado. (…)
En
esta misma línea argumental, Juan José Saer en el artículo El concepto de ficción (1997) plantea que la ficción, como
característica distintiva de la literatura, “no es la exposición novelada de
tal o cual ideología, sino un tratamiento específico del mundo” (12). Esta
forma de aprehender y actuar en el mundo, característica de la ficción, sería
producto de que en ella se mezclan “lo empírico y lo imaginario”. Al igual que
la lectura del concepto de mímesis de Ricoeur en que se mezclan la dimensión
referencia con la inventiva, en el concepto de ficción de Saer este particular
cruce genera una forma única de organizar y entender la realidad.
Este
autor desmiente que la verdad sea lo contrario a la ficción. Señala que los
escritores de literatura no escriben sus libros con la intención de tergiversar
la verdad. Su verdadera intención es dar cuenta del carácter contradictorio del
mundo y de la verdad objetiva. Al respecto Saer plantea que
la ficción, desde
sus orígenes, ha sabido emanciparse de esas cadenas (de lo verificable). Pero
que nadie se confunda: no se escriben ficciones para eludir, por inmadurez o
irresponsabilidad, los rigores que exige el tratamiento de la “verdad”, sino
justamente para poner en evidencia el carácter complejo de la situación,
carácter complejo del que el tratamiento limitado a lo verificable implica una
reducción abusiva y limitadora (11).
Para
Saer los textos de “no ficción” (ya sean estos biográficos, históricos o
periodísticos) al consagrarse a lo verificable se erigen como textos que dan
una falsa imagen de autenticidad, puesto que están supeditados a la calidad de
las fuentes, a los criterios interpretativos y a las turbulencias de sentido
propia de toda construcción verbal. En cambio, el concepto la ficción, y por
extensión de literatura, al renunciar al criterio de lo verificable se
establece como el método más apropiado y sincero para tratar de describir una
realidad compleja como la de nuestro mundo. Es por esta razón que el autor
termina definiendo a la ficción como una “antropología especulativa” en la cual
cohabitan el deseo de dar cuenta de una objetividad compartida y una particular
subjetividad que intenta aprehender el mundo. En definitiva, a través de la
ficción la literatura se establece como el mecanismo por excelencia para dar
cuenta de la vida del ser humano.
Bibliografía
Aristóteles.
Poética de Aristóteles. Madrid: Gredos, 1974.
Eagleton,
Terry. Una introducción a la teoría
literaria. México: Fondo de Cultura Económica, 2012.
Ricoer,
Paul. La metáfora viva. Madrid:
Cristiandad, 1980.
Saer,
Juan José. El concepto de ficción.
Buenos Aires, Seix Barral, 2014.
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